Coparentalidad: la crianza compartida después del divorcio. Una mirada desde el sistema terapéutico y el jurídico.

El divorcio consiste en la separación de los adultos del sistema familiar; lo que conlleva a una modificación de la estructura de la misma, sus pautas de interacción, jerarquía, normas y hábitos. Algunas de las consecuencias de este proceso son la pérdida de seguridad y pertenencia, y una sensación de vulnerabilidad en sus integrantes. A su vez, el sistema familiar, lejos de romperse, se vuelve más amplio y complejo, por lo tanto el proceso de divorcio, cuando puede darse de un modo saludable, consiste en la disociación instrumental y funcional del subsistema conyugal (Díaz Usandivaras, 1986 en Catalan Barker, 2016).

La conyugalidad está conformada por la pareja de adultos; implica la manera armónica o disarmónica en que ésta elabora y resuelve sus conflictos. Si se produce la separación, los cónyuges continúan unidos por el vínculo relacionado con la gestión de los hijos, por lo que la conyugalidad no se disuelve totalmente, sino que se convierte en posconyugalidad (Linares, 2015).

Los profesionales que se han dedicado a investigar este tema, coinciden en diferenciar dos tipos de divorcios posibles:  el divorcio destructivo y el  divorcio del ciclo vital. Este último consiste en la interrupción del ciclo de la familia, que produce desequilibrio y cambios. Aquí la pareja prioriza los aspectos parentales y al cuidado de los hijos, no aparecen tantos litigios (solo en la primera fase), se vivencia dolor por las pérdidas (las cuales son aceptadas), hay intermediarios (familiares o amigos) que colaboran con la situación, hay poca involucración de los hijos y además se observa un alto grado de flexibilidad  y reconocimiento de la propia responsabilidad por cada uno de los adultos (Glasserman, 1996 en Droeven, 2011).

Un principio básico es que los adultos podrán dejar de vivir unidos pero seguirán siendo padres; y las decisiones respecto de sus hijos serán motivo de diálogo, acuerdo y colaboración entre ellos.

 Por el contrario, el divorcio destructivo es aquel en cuyo proceso de separación se manifiesta una imposibilidad de priorizar el cuidado de los hijos, una creciente rivalidad con involucración de otros familiares o amigos que obstaculizan o no colaboran con el proceso. Se tiende a sobreinvolucrar a los hijos y no hay reconocimiento de responsabilidad propia, lo cual se materializa en acusaciones y en búsqueda de culpables. (Folberg y Milne, 1988 citado por Glasserman, 1996 en Droeven, 2011). Además se observa rigidez en la comunicación, dificultades para dialogar y aceptar las diferencias.

Decimos que un proceso de divorcio o separación es disfuncional cuando observamos situaciones en las que la función de coparentalidad no se puede conservar. Una resolución del divorcio inadecuada atenta contra la continuidad del subsistema parental  ya que la pareja no puede discriminar este último del conyugal (Catalan Barker, 2016). El otro se vuelve un extraño, se lo desconoce como familia, por la experiencia de traición y/o violencia. Se corta la confianza, la comunicación (que es el núcleo para la relación entre padres) y se traslada el conflicto al subsistema parental (Glasserman, 1996 en Droeven, 2011).

En la actualidad, muchas familias que han decidido separarse se encuentran en procesos judiciales extensos, con la imposibilidad de llegar a acuerdos, y dejando entrampados a los niños, niñas y adolescentes en peleas posconyugales sin fin.  Los problemas que aparecen en los hijos están más relacionados al modo de divorciarse que al divorcio en sí mismo.  En estas familias con conflicto persistente e interpersonal de varios años de evolución, se observan consecuencias psicológicas en niños y adolescentes, no siendo producto del divorcio sino de la conflictiva que se desencadena previamente, durante y posteriormente al mismo entre los progenitores; disputas que suelen dejar a los hijos triangulados entre ambas familias. En situaciones patógenas, uno de los hijos se puede convertir en depositario de la problemática familiar, o bien ser cooptado como aliado de un cónyuge contra otro (Minuchin, 1984).  

Estos adolescentes y niños suelen ser espectadores y víctimas de la violencia de los padres, sienten miedo, se sienten engañados, reclaman ser escuchados. A partir de todas estas situaciones relacionales, se pueden presentar consecuencias como desarrollar  algún trastorno de personalidad o la repetición de esta modalidad relacional disfuncional con sus parejas  al llegar a la edad adulta. Los síntomas de los hijos comienzan a ceder cuando la pareja posconyugal abandona el campo del litigio sin fin y se retiran de la escalada permanente.

La parentalidad representa el ejercicio del amor parento-filial, que posee componentes cognitivos (reconocimiento, valoración), emocionales (afecto, cariño) y pragmáticos (socialización, normatividad y protección) (Linares, 2015), entendiendo esta función como  pilar base para el crecimiento saludable de los niños, niñas y adolescentes. Por lo tanto, poder ejercer la coparentalidad post divorcio constituye un factor protector para el desarrollo evolutivo y de la personalidad desde la mirada de la psicología.  

 La Coparentalidad desde el sistema judicial

Desde la normativa aplicable se han atravesado reformas legislativas muy importantes y que sobre todo reflejan un cambio de paradigma. Se adecuan a una nueva mirada que acentúa, por sobre todas las cosas, procurar el bienestar de los hijos, partiendo de la base que lo mejor para los niños, niñas y adolescentes es el contacto y los cuidados por parte de ambos progenitores, sin tener una figura periférica o secundaria. 

Esto es entonces el parámetro que debe tenerse en cuenta a la hora de contemplar el ejercicio de la Responsabilidad Parental ante la ruptura de la pareja o los cambios intrafamiliares. Guarda relación también con el art 641 del CCyC, donde en caso de convivencia de ambos progenitores, el ejercicio de la responsabilidad parental se supone ejercido por ambos de manera conjunta e indistinta. Entonces si se considera esto en la unión de la pareja, no habría diferencia ante la ruptura. Salvo que pueda probarse que alguno de los progenitores no esté en condiciones de ejercerlo o bien no sea favorable para el hijo. Pero esto se considera una excepción, que admite toda regla, y en ese caso los cuidados pueden ser unilaterales por acuerdo entre las partes, por decisión judicial o porque el interés superior del niño podría verse perjudicado.

La coparentalidad así comprendida y ejercida responde también a la consideración de los roles de ambos progenitores en igualdad de importancia, disintiendo así con el modelo patriarcal donde la mujer por su condición de madre debía asumir la crianza de manera exclusiva y los niños quedaban necesariamente a su cuidado, con la contracara de la figura del padre proveedor. Esta nueva mirada permite también que la mujer asuma un rol protagónico en el ámbito laboral y en su realización como persona. Lo que influye a su vez en fuertes cambios sociales, toda vez que la crianza y responsabilidad sobre los hijos de manera compartida hace que ambos padres tomen a su cargo estos roles, con la consiguiente repercusión en ámbitos laborales y sociales. Este nuevo entramado legal da directivas que permiten asentar cambios sociales y culturales, resguardando por sobre todas las cosas el bienestar de los hijos al cuidado de ambos progenitores. 

Así entonces la regla ante una nueva estructura familiar por un divorcio o separación son los cuidados compartidos (art 650 CCYC), con la modalidad indistinta o alternada. La primera de ellas es cuando el niño, niña o adolescente tiene contacto con ambos padres de manera asidua de acuerdo a las posibilidades de la familia, pero su residencia habitual se encuentra en el domicilio de uno de los progenitores. En cambio en el régimen alternado la residencia de los hijos se encuentra de igual manera con ambos padres. De esta manera las tareas se reparten de acuerdo a las posibilidades familiares y las decisiones son compartidas, debiendo contribuir ambos a la manutención. 

La importancia entonces es poder hacer operativa la Convención de los Derechos del Niño, haciendo posible que en caso de ruptura de la pareja igualmente el foco es velar por el interés superior del niño como principio rector. Esto posibilita que el niño, niña y adolescente mantenga vínculos sólidos con ambos progenitores. El cúmulo de derechos y deberes, así como la responsabilidad de los padres respecto de los hijos también se mantiene para ambos de igual manera, asegurando una participación conjunta en los cuidados y decisiones que tienen que ver con la vida y desarrollo de los hijos en común. De esta manera ambos son colocados en pie de igualdad jurídica en cuanto a la aptitud de velar por los hijos, sin preeminencias de uno sobre otro. 

La coparentalidad desde el sistema terapéutico

La separación o el divorcio suelen considerarse como un peligro de desintegración familiar, pero también puede ser una oportunidad para crecer, si la crisis se resuelve, se posibilita el pasaje a otra etapa. Hay familias que necesitan acompañamiento en la resolución de esta crisis y el principal objetivo de ese apoyo es que la ruptura sea  de la pareja y no de la familia, es decir, que pueda conservarse la parentalidad compartida. 

El trabajo en terapia familiar está dirigido a la coparentalidad y a la consecuente reorganización de las relaciones recíprocas de los padres con sus hijos. El principal logro será que los hijos no queden entrampados en la pelea de los padres y el camino que proporciona una salida a esa situación es el trabajo en equipo y ofrecer un espacio que habilite el diálogo. El espacio terapéutico permite co-pensar juntos, explorando alternativas, estableciendo nuevas pautas y procurando la circulación constante de información entre los progenitores. En resumen, se trabaja en la re-vinculación paterno/materno-filial o fortalecimiento de habilidades parentales (Glasserman, 1994 en Droeven, 2011).

El objetivo del trabajo terapéutico no es solucionar el problema de la pareja conyugal, sino que puedan visibilizar a sus hijos, darles voz dentro de un dispositivo terapéutico (Sibilia, 2019) y recuperar los roles parentales y funciones, procurando un modelo de parentalidad paralela. La coparentalidad paralela para los adultos supone una desinvolucración del  conflicto y para los hijos una mejor adaptación. 

Conclusión: 

    A modo de cierre consideramos importante destacar que ambos sistemas, el jurídico y el terapéutico centran su atención en la parentalidad compartida, el primero para garantizar y proteger, desde el marco legal,  los derechos de los niños, niñas y adolescentes como así también los deberes y derechos de ambos progenitores. El segundo, a través de un espacio de escucha y contención, para posibilitar la co- construcción de una nueva forma de organización familiar post crisis que sea funcional y que permita el pleno desarrollo de cada miembro del sistema.

Diversos estudios sobre las consecuencias de los divorcios identificaron con claridad un aspecto primordial. No es la separación lo que más afecta a los niños, niñas y adolescentes, sino factores como el conflicto interparental. La coordinación de parentalidad surge como respuesta a las necesidades de estas familias fuera de los juzgados y como un instrumento más para el cumplimiento de las resoluciones judiciales.

Autoras:

Dra. Celiz Ana Paula M 2-738

Lic. Luchino Giuliana MP 10.624

Lic. Medina Cecilia MP 3875

Lic. Montes Carolina MP 5059

BIBLIOGRAFÍA

  • Catalán Barker, P. (2016).Divorcio destructivo en familias judicializadas. Una mirada a las prácticas clínicas en el contexto legal e Institucional del Programa de Prevención Focalizada de Iquique. UNIVERSIDAD DE CHILE FACULTAD DE CIENCIAS SOCIALES ESCUELA DE POSTGRADO.
  • Linares, J. L. (2015) Prácticas alienadoras familiares. Barcelina: Ed. Gedisa. 
  • Sibilia, C… (et al..) (2019) La diversidad de la práctica psicológica. Micropolitica de las relaciones familiares: intervenciones posibles en familias judicializadas. Buenos Aires: Ed. Letra Viva. 
  • Droeven, J.M, Glasserman, M. R… (et al..) (2011) Más allá de pactos y traiciones. Clínica del divorcio destructivo. Buenos Aires: Psicolibro Ediciones.