¿Cómo nos comprendemos?: La importancia de la cognición social y su desarrollo.

Los seres humanos somos criaturas muy sociales, vivimos en grandes conglomerados de gente, armamos familias numerosas, nos comunicamos unos con otros, cooperamos en distintas tareas, nos engañamos y tenemos respuestas emocionales a los comportamientos de los demás. Incluso cuando estamos en soledad, pasamos mucho tiempo en nuestras redes sociales observando cómo vive el resto, qué costumbres tienen y cómo piensan. En muchas de estas situaciones, nos vemos inmersos en intercambios donde intentamos comprender el comportamiento de los otros y lo explicamos en base a ciertos estados psicológicos como creencias y deseos. Por ejemplo, decimos cosas tales como: “Ana fue por la mañana a clases de yoga porque cree que el ejercicio hace bien a la salud” o “mis amigos no me hablan porque están enojados conmigo” o “Juan llevó el paraguas a su trabajo porque cree que va a llover”. Todos estos comportamientos son, de  alguna manera, explicados cuando atribuimos un estado psicológico (como por ejemplo: estar enojado, creer algo o desearlo) que nos permite dar sentido a ese comportamiento pero también, predecir qué acciones futuras podrían realizar estas personas, coordinar comportamientos con ellos, engañarlos, ayudarlos etc. 

El conjunto de habilidades que tenemos para saber lo que los otros piensan, sienten o desean es lo que los psicólogos han denominado teoría de la mente o atribución psicológica. En pocas palabras, se trata de un conjunto de capacidades que usamos para explicar y predecir la conducta de las personas con las que interactuamos mediante la atribución de estados mentales como creencias, deseos, emociones, intenciones etc. A su vez, la teoría de la mente forma parte de un conjunto más amplio de capacidades y talentos para la comprensión recíproca denominada cognición social donde, además de la teoría de la mente, encontramos capacidades como la empatía, el contagio emocional, el reconocimiento de emociones, la percepción social etc. 

Ahora bien, ¿cómo llegamos a desarrollar una teoría de la mente o a saber lo que los otros piensan? En principio, esta pregunta suena vinculada a la telepatía o a poderes sobrenaturales pero nada más lejos de eso. En cambio, es una característica esencial de nuestro desarrollo cognitivo que nos permite entender que los demás tienen emociones, pensamientos, deseos, dudas etc y, usar esa información para vincularnos cotidianamente con nuestros hijos, parejas, amigos y compañeros de trabajo

Distintas disciplinas como la psicología, la filosofía y las neurociencias han intentado estudiar y explicar la emergencia de la capacidad para atribuir estados mentales atendiendo a múltiples interrogantes: ¿Cómo y cuándo empezamos a tener una teoría de la mente? ¿Nacemos con ella? ¿Existen otras especies que pueden atribuir estados psicológicos?. 

El estudio de la teoría de la mente proviene, en sus orígenes, de dos disciplinas: la etología cognitiva y la psicología cognitiva del desarrollo. En 1978, David Premack y Guy Woodruff publican un artículo titulado “¿Tiene el chimpancé una teoría de la mente?” donde se preguntaban si la chimpancé Sarah era capaz de detectar algunos estados psicológicos y cuyos resultados indicaron que era capaz de atribuirle exitosamente algunos estados mentales  a sus entrenadores.

Luego de una gran recepción de estas ideas en la comunidad científica, los psicólogos del desarrollo diseñaron un test para detectar si los niños tenían esta famosa “teoría de la mente”: la tarea de la creencia falsa (Baron-Cohen, Leslie y Frith, 1985). En esta prueba, los niños ven que una marioneta llamada Sally deja un objeto dentro de una cesta. Mientras Sally está fuera de la habitación donde dejó el objeto, otra marioneta aparece y cambia el objeto de ubicación: lo esconde ahora en una caja. Cuando Sally regresa, el niño debe responder a la siguiente pregunta: “¿Dónde buscará su objeto Sally?”. Recién a partir de los cuatro años, los niños responden de manera correcta diciendo que Sally buscará su objeto en la cesta, donde ella cree (erróneamente) que aún se encuentra (Wellman, Cross y Watson, 2001). Antes de esa edad, los niños tienen dificultades para detectar que los otros piensan algo diferente que ellos mismos y  responden desde su propio punto de vista. Es decir, debido a que, ellos mismos vieron que cuando Sally no estaba en la habitación, el objeto cambió de ubicación, suponen que Sally también va a saberlo y no pueden ponerse en su lugar. Lo que sucede a partir de los cuatro años, aproximadamente, es que los niños pueden detectar que otros tienen información diferente a la propia y que esta puede ser incongruente con la realidad (es decir, falsa) y por supuesto, formar diferentes creencias. 

Ahora bien, muchos de los estudios en atribución psicológica se han centrado fundamentalmente en el estudio de la atribución de creencias pero en muchas ocasiones somos capaces de rastrear otro tipo de estados mentales como emociones, sensaciones e intenciones. Por ejemplo,  detectamos el foco atencional de alguien, es decir, a qué está prestando atención, en otros casos reconocemos emociones simples como el enojo o el miedo, sensaciones como el hambre o el dolor e incluso estados motivacionales simples como el que “Juan quiere la manzana que está sobre la mesa” o estados abstractos como “quiere obtener un título profesional”.  

En relación a la diversidad de estados psicológicos que somos capaces de detectar, ha habido una abrumadora cantidad de literatura en los últimos años. Actualmente, por una confluencia de factores, buena parte de la investigación comenzó a girar en torno a la atribución de emociones, sensaciones, dolores, objetivos simples, etc. Esto le dio la pauta a muchos autores que las capacidades de atribución de estados psicológicos comenzaban antes en la infancia, sólo que no eran atribuciones de creencias sino de emociones, sensaciones y otros estados. Niños muy pequeños, aun sin capacidades lingüísticas y conceptuales complejas son capaces de reconocer que sus padres están enojados o contentos a partir de ver su rostro o escuchar su voz. También, pueden darse cuenta  que alguien está deseando un juguete que está frente a ellos o bien que a su hermano le duele el estómago por la forma en que se retuerce. Muchos psicólogos han propuesto que la detección de emociones, sensaciones y estados atencionales son anteriores en el desarrollo cognitivo porque están estrechamente emparentados con el comportamiento observable y son más sencillos de detectar (por ejemplo, mediante expresiones faciales, posturas, gestos etc)  y serían los precursores psicológicos de la atribución de creencias y deseos más complejas.

En conclusión, las habilidades para comprender lo que los otros piensan, entender su punto de vista y empatizar se desarrollan de manera gradual en la infancia y dependen de un montón de otras capacidades que ocurren antes en el desarrollo infantil como la habilidad de reconocer emociones, para detectar objetivos simples, intenciones, estados atencionales, etc.  A su vez, todas estas competencias se explican por teorías híbridas que plantean  una confluencia de factores innatos y biológicamente determinados pero también por capacidades cognitivamente complejas y culturalmente mediadas por el aprendizaje. Así, el estudio de la cognición social es un caso particular de estudio proveniente de virtuosa interdisciplina entre psicólogos, neurocientíficos, filósofos, etólogos y aún sigue en un debate constante.  

  

Referencias:

Barone, P., Corradi, G., y Gomila, A. (2019). Infants’ performance in spontaneous-response false belief tasks: A review and meta-analysis. Infant Behavior and Development, 57, 101350.

Baron-Cohen, S., Leslie, A. M., y Frith, U. (1985). Does the autistic child have a “theory of mind”? Cognition, 21, 37–46.

Castro, V., Cheng, Y., Halberstadt, A. y Grühn, D. (2015). EUReKA! A Conceptual Model of Emotion Understanding. Emotion Review, 8 (3), 258-268. doi: 10.1177/1754073915580601.

Ekman, P. (2003). Emotions revealed: Recognizing faces and feelings to improve communication and emotional life. New York, USA: Times Books.

Premack, D., y Woodruff, G. (1978). Does the chimpanzee have a theory of mind? Behavioral and Brain Sciences, 1, 515–526.

Quintanilla, P (2019) La atribución psicológica.  La compresión del otro: Explicación, interpretación y racionalidad . Fondo Editorial de la PUCP: Lima, Perú.

Wellman, Henry M. (1990). The Child's Theory of Mind. Cambridge, England: MIT Press.


Autora: Lic. Zoé Sánchez
Becaria doctoral en CONICET, UNC. 
Miembro Lab. Neuropsicología Cognitiva Nodos